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viernes, 16 de noviembre de 2018

7º aniversario / Sufrimiento / Santiago Ruiz

Santiago Ruiz

Amigo Santiago Ruiz aporta con toda valentía su experiencia sobre el sufrir y sus, en ocasiones, benéficas consecuencias. 


"He recibido el encargo (y ya me gustan los encargos) de rememorar el evento más significativo para mi consciencia en los últimos dos años. Y para mí es muy claro, no he tenido ni que pensarlo: el sufrimiento.

Como un cerro en una llanura inacabable o un tsunami en un mar en calma, el sufrimiento vino -no hace mucho, aún resuenan sus ecos- a recordarme de modo violento e inesperado la brevedad de la vida, la futilidad de los deseos y mi propia pequeñez, azotándome hasta hacerme recobrar la humildad y la verdadera compasión. No fue un sufrimiento ajeno del que me hice eco, sino mío propio: lo único que puedo decir que me pertenecía mientras duró, junto a mi capacidad de sentirlo y de retorcerme por ello. Las causas son irrelevantes, tanto da que provenga de una enfermedad, de una pérdida, de un insuperable miedo o de un trauma… de lo que sea. 

Lo relevante es que, en medio de la vorágine de dolor, pánico y zozobra, que duró días y semanas, una a una se me aparecían las Nobles Verdades del Buda Sakyamuni no como principios espirituales, ni como prácticas de conciencia o virtudes morales, sino como hechos científicos incuestionables, que estaba corroborando en propia carne, mente y emociones. Y no soy budista ni me he vuelto tal por ello. Simplemente llegué a las mismas conclusiones que aquel célebre maestro y en tanto pugnaba hora tras hora por mantenerme a flote, me maravillaba de la exactitud de sus hallazgos, de la pertinencia de su mensaje y -de un delicado y amoroso modo- me sentía acompañado en mi miseria. Bendito sea en todos los lugares, épocas y dimensiones.

Nadie quiere sufrir, salvo casos patológicos, pero no está en nuestra mano evitarlo cuando llega, arrastrándolo todo. Dicen que el dolor existe y que el sufrimiento es opcional. En algunos casos, mi respuesta es: y una mierda, con perdón de la mesa. En mi experiencia, ese principio sólo se aplica cuando ese sufrimiento lo estamos poniendo nosotros de más, cuando lo magnificamos o nos revolcamos en él impulsados por la razón que sea. Pero hay sufrimientos de los que no puedes escapar por más que quieras, lo he aprendido a fuego. Lo único que podemos hacer, es tratar de que no nos ahogue.

Y eso hice: seguí nadando, tratando de que -como a Dori- se me olvidara todo lo que me asaltaba una y otra vez, fustigándome sin piedad. Fueron semanas donde todo se puso al revés y la inconsciencia era una bendición, la muerte una amiga y la vida, una insoportable condena. Como dicen que decía Don Juan Matus, hay que tener huevos de acero para pasar por eso y salir ileso. Conseguí salir ileso, sí, pero con cicatrices en el alma. Y son esas marcas las que agradezco y quiero celebrar en este escrito. Pues en esas cicatrices, el lector atento puede leer mensajes de tal valor, que merecen ser recordados. Mensajes que describen la existencia en este plano como un "mal necesario” no exento de una indescriptible belleza, un tránsito irrenunciable cuyo mayor poder es moldear nuestra alma como a las espadas: a fuego y golpes. Un viaje cuyo último sentido es hacernos crecer espiritualmente y comprender asuntos que trascienden con mucho la pequeñez de lo cotidiano, pero cuya enseñanza se halla precisamente en esa pequeñez.

Es duro lo que describo, pero imprescindible -al menos para mí- para aprender el verdadero valor de la vida sin idioteces escapistas, sin baboserías new-age, sin la estupidez materialista-positivista que nos consume y comprendiendo la sublime potestad del sufrimiento como maestro. Para aceptar nuestro verdadero e ínfimo alcance como seres humanos, frágiles y sujetos a fuerzas que nos superan con mucho y ante las que sólo podemos inclinarnos con respeto y humildad. Pues lo más valioso que el sufrimiento me ha dejado como lección y como recordatorio, es que este tránsito vital acabará y eso, que a tantas personas aterroriza, a mí se me antoja un momento glorioso. 

No siento hoy ningún deseo de provocarlo -ni tengo potestad para ello- pero tras haber deseado día tras día la muerte -tal era la magnitud de mi sufrimiento-, puedo asegurar que sabiendo como sé que el recorrido de la conciencia, alma o como se le quiera llamar es infinito, vivir sin miedo a la muerte, a la pérdida y al dolor como resultado de mi terrible experiencia, no tiene precio. Sé que eso es a lo que llaman desapego y ahora, entiendo el perfecto y sublime alcance de su significado más profundo. Pues hoy y gracias a ello, vivo conectado con el Gran Espíritu de un inefable y extático modo que no puedo expresar con palabras.

Puedo jurar que no quiero de ningún modo volver a transitar las zonas del infierno que he transitado -que además no ha sido por vez primera, rediós- ni que vuelva a cernirse sobre mi alma esa oscura, larga y lóbrega noche. Pero hoy por hoy lo agradezco y es mi intento no olvidar su magnífica, poderosa y sabia lección. Que tengas un buen día.”

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