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viernes, 14 de octubre de 2016

Pensamiento chino

Ryszard Kapuscinski

A Aurora Brunet Llidó

A Ryszard Kapuscinski, como reportero de un diario polaco, le enviaron de corresponsal a China. Su agudo instinto de observación y capacidad analítica le facilitaron una bella reflexión sobre el pensamiento chino, que relató en Viajes con Heródoto, afirmando que "la fuerza del pensamiento chino radica en su elástico y conciliador sincretismo".


Viajes con Heródoto

“El budismo no se extendió a China hasta el primer milenio de nuestra era. Antes, desde hacía ya quinientos años, dominaban paralelamente en aquellas tierras dos corrientes espirituales, dos escuelas, dos orientaciones: la confuciana y la taoísta.

El maestro Confucio vivió entre los años 560 y 480 antes de Cristo. Los historiadores no se acaban de poner de acuerdo en la cuestión de si el creador del taoísmo, el maestro Lao Tse, era mayor o más joven que Confucio. No faltan estudiosos que sostienen que Lao Tse ni siquiera existió, y que el único libro que presuntamente legó, Tao Te King, no es sino una recopilación de fragmentos, aforismos y proverbios recogidos por escribas y copistas anónimos.

Si partimos del supuesto de que Lao Tse existió y que era anterior a Confucio, podemos considerar verdadera la historia, tantas veces repetida desde entonces, según la cual el joven Confucio había peregrinado al lugar donde vivía el sabio Lao Tse para pedirle una respuesta a la pregunta: ¿Cómo vivir? «Libérate de la arrogancia y la codicia —respondió el anciano—, libérate de la costumbre de adular y de las aspiraciones desmesuradas. Todo esto te hace daño. Es cuanto tengo que decirte.»

Pero si Confucio era anterior a Lao Tse, pudo haber transmitido a su compatriota tres grandes ideas. La primera: «¿Cómo sabrás servir a los dioses si no sabes servir a los hombres?» La segunda: «¿Por qué responder al mal con el bien? ¿Cómo entonces responderás al bien?» Y la tercera: «¿Cómo puedes saber lo que es la muerte si no sabes lo que es la vida?»

El pensamiento de Confucio y el de Lao Tse (si es que existió) nacieron en la época del ocaso de la dinastía Chou, más o menos en el Período de los Reinos Guerreros, cuando China estaba desmembrada, dividida entre muchos estados que no cesaban de desangrarse mutuamente en terribles guerras. La persona que de momento ha logrado escapar a la masacre pero que sigue atormentada y aterrada por lo que le deparará el mañana, se plantea la pregunta de cómo sobrevivir. Y es precisamente a esta pregunta a lo que intenta responder el pensamiento chino. Tal vez sea la filosofía más práctica que el mundo haya conocido. Al contrario que el pensamiento hindú, rara vez se interna en las esferas de la trascendencia, sino que intenta proporcionar al hombre común y corriente consejos que le ayuden a sobrellevar una situación en la que se ha visto metido por el mero hecho de haber aparecido, sin que mediaran su voluntad ni su consentimiento en este mundo cruel.

En este punto fundamental, precisamente, los caminos de Confucio y Lao Tse (si es que existió) divergen o, para ser más exactos, cada uno da una respuesta diferente a la pregunta: ¿cómo sobrevivir? Confucio dice que la persona nace en el seno de una sociedad, luego tiene una serie de obligaciones. Las más importantes son: cumplir las órdenes del poder y obedecer a los padres. Y también: respetar a los antepasados y a la tradición. Observar las reglas de urbanidad. Someterse al orden imperante y desaprobar todo intento de introducir cambios. El hombre de Confucio es un ser leal y humilde frente al poder. Si cumples celosa y obedientemente sus órdenes —dice el Maestro— sobrevivirás.

Otra actitud muy distinta recomienda Lao Tse (si es que existió). Este fundador del taoísmo aconseja mantenerse al margen de todo. Nada es eterno, dice el Maestro. Así que no te ates a nada. Todo lo que existe perecerá, así que míralo por encima del hombro, mantén la distancia, no intentes ser alguien, aspirar a algo, poseer algo. Actúa por medio del no actuar, tu fuerza radica en tu debilidad y tu impotencia; tu ingenuidad y tu ignorancia son tu sabiduría. Si quieres sobrevivir, conviértete en alguien inútil, innecesario. Instálate lejos de la gente, sé un ermitaño interior, conténtate con un cuenco de arroz y un sorbo de agua. Y lo más importante: observa el tao. Pero ¿qué es el tao? Es algo que, precisamente, no se puede decir porque la esencia del tao no es sino la imposibilidad de definirlo y de representarlo: «Si el tao se deja definir como tao es que no es el tao verdadero», dice el Maestro. Tao significa camino, y observar el tao consiste en no abandonar ese camino, en seguirlo a donde lleve.

El confucianismo es una filosofía del poder, de funcionarios, de una estructura, del orden y de la posición de firmes; el taoísmo es una filosofía de aquellos sabios que se han negado a participar en el juego y no pretenden sino ser parte de la indiferente naturaleza.

En cierto sentido, confucianismo y taoísmo son escuelas éticas que proponen diferentes estrategias de supervivencia. En sus respectivos apartados destinados al hombre sencillo tienen un denominador común, que es la exhortación a la humildad. Resulta curioso que más o menos por la misma época, y también en Asia, hayan nacido otros dos centros de pensamiento que recomiendan al hombre del montón exactamente lo mismo que el confucianismo y el taoísmo: la humildad (el budismo y la filosofía jónica).

Cuando paseo junto con el compañero Li por las calles de Shanghai y a cada momento me cruzo con un chino, me pregunto si es éste confuciano, taoísta o budista, o sea, si pertenece a la escuela —denominada en chino— Ju, Tao o Fo.

Pero esta pregunta es demasiado inquisitiva y, además, resulta confusa y no aborda el quid de la cuestión. Pues la gran fuerza del pensamiento chino radica en su elástico y conciliador sincretismo, en hacer confluir en una sola corriente toda una serie de tendencias, posturas y actitudes, con la proeza de que en esa convergencia no se han perdido la sustancia, el fundamento de ninguna de las escuelas. A lo largo de los miles de años de la historia china han pasado cosas de lo más diverso: ya dominaba el confucianismo, ya el taoísmo, ya el budismo (es difícil llamarlas religiones en el sentido europeo de la palabra dado que desconocen la noción de Dios); en algunos períodos se producían entre ellos conflictos y tensiones, los emperadores apoyaban ya una, ya otra corriente espiritual, a veces actuaban en pos de conciliarlas, otras en pos de enfrentarlas y enzarzarlas en una lucha, pero finalmente todo acababa en una reconciliación, en una fusión, en una forma de convivencia. El inmenso abismo de esta civilización lo engullía y lo absorbía todo para, luego, devolverlo a la superficie moldeado, con una forma inequívocamente china.

Este proceso de síntesis, conciliación y transformación también se podía producir en el alma del individuo. Dependiendo de la situación, el contexto y las circunstancias, se apoderaba de él ya el elemento confuciano, ya el taoísta, pues nada estaba fijado de una vez para siempre, nada estaba atado, cerrado y sellado. Para sobrevivir, el chino podía ser un obediente cumplidor de órdenes. Mostrarse humilde por fuera, pero por dentro conservar su propio yo, ser inaccesible, independiente.

Y henos de vuelta en Pekín, en nuestro hotel. Retomé la lectura de mis libros. Me puse a estudiar la vida y la obra del gran poeta del siglo IX, Han Yu. En un determinado momento, Han Yu, partidario de Confucio, empieza a combatir la influencia del budismo, pues una ideología hindú es un cuerpo extraño en China. Escribe ensayos llenos de acerba crítica, panfletos incendiarios. La chovinista actividad del gran poeta irrita hasta tal punto al emperador Hsien, partidario del budismo, que condena a Han Yu a la pena de muerte, aunque más tarde, cediendo a las súplicas de sus cortesanos, la conmuta por el destierro a la provincia hoy conocida como Guangdong, un lugar a la sazón lleno de cocodrilos”. (...).


Cita tomada de:

KAPUSCINSKI, K.
Viajes con Heródoto.
Barcelona, 2009, 3ª ed. Ed. Anagrama, págs. 80-84.

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