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martes, 24 de marzo de 2026

Marcela /Edgarmon

 

Marcela / Dayasilvia




A las 0606, Marcela Flores, la de los ojos salados, separó los párpados y miró la penumbra azulada.

Soñaba que su papá la tenía fuertemente agarrada por las manos al tiempo que giraba rápido sobre sus pies.

Marcela abrió los ojos cuando su papá le soltó de las manos y ambos comenzaron a separarse.

Se recreó en el sueño y se durmió de nuevo.

A las 0707 Marcela volvió del sueño a las voces y a la luz procuradas por su abuela.

Como de costumbre la mamá de su papá la trajo a la vigilia con zalamerías, sonrisas, cosquillas y promesa de un gran desayuno. Como de costumbre, Marcela rezongó en la cama hasta que Florinda le arrebató las sábanas.

Ya en pie, abrazó a su abuela, su cara contra el generoso pecho de Florinda, suspiró y se dirigió sin prisas a cumplir son sus necesidades fisiológicas y las propias del aseo personal, que comenzaba, todavía sentada, disponiendo el dentífrico sobre el cepillo dental. A Marcela le gustaba el color y el olor de la pasta que en breve entraría en contacto con la intimidad de su boca.

Se enjuagaba la boca y de ahí continuaba con el lavado de cara, siguiendo con el peinado que siempre remataba y completaba Florinda una vez vestida Marcela.

Sentada a la mesa, Marcela se desayunó, se preparó para su jornada escolar y abandonó la casa tras recibir en ambas mejillas mil besos de Florinda.



Las clases de la mañana se sucedieron sin sobresalto, arropada por sus compañeros y zaherida por alguna enemiga.

A la hora prevista acudió al comedor. Consiguió asiento junto a sus mejores amigos. La comida del día consistía en una especie de sopa de hierbas, pescado innominado y pieza de fruta.

En respuesta a la broma de Dieguito, Marcela lanzó con fuerza supersónica la cucharada de sopa que albergaba su boca. Se disculpó y limpió labios, cara y comisuras.

Dio por acabado el primer plato y pasó a dar cuenta del segundo. Fue todo en un instante. Introdujo un trocito de pescado en su boca, masticó, saboreó el sabor lejano del mar y sus ojos se convirtieron en dos cataratas de agua salada. Dieguito creía que Marcela continuaba con la guasa, pero se apercibió del llanto desconsolado de su amiga. El reloj de Dieguito marcaba las 1313.

Marcela Flores sintió por vez primera el dolor desgarrado de sus entrañas y, cual perro de Pavlov, volvieron las lágrimas a mares cada vez que intentó comer pescado.

Años después, frente a su propia soledad y silencio, viendo informes y documentales, tuvo la experiencia reveladora: a su padre, Jaime Flores, quienes pudieron, lo subieron al avión y lo lanzaron al mar. Eran las 2222. Y punto.


Marcela es el relato breve número 14 publicado en Relateo (clic).

1976-2026: 50 años del golpe en Argentina.


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